
Uno de nuestros heroes, exactamente don Eingel, el de Jarvard, ha plasmado, hace apenas minutos, una historia preterita de nuestra pareja jipi musical.
Las tribulaciones de Antonio metido a pintor de brochamientos, con sus puntos dimensionativos, obviamente algidos y de ambrosias, dejando a los propios Dali y Picasso por los mismos suelos.
Algo mas para saber momentos conceptuales de libres arbedrios sobre nuestro guitarrista.
Nota editorial: Todo lo que inserta en este magnifico articulo el licenciado arquitecto señor Illescas es pura realidad.
Para conocer los maravillosos, interesantes y amenos escritos de Don Eingel, visita http://angelillescas.blogspot.com.es/2013/05/el-pintor.html
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YA PENSARE ALGUN TITULO- Blog de Angel Illescas
El PINTOR-
1998 o 1999. Antonio y mi madre querían pintar el piso de la calle Acacias. No había mucho dinero, así que Antonio se postuló él mismo como pintor. Mi madre no ocultó sus recelos, porque aunque Antonio rebosase talento musical y le apodásemos cariñosamente “piquito de oro” por su extraordinario don de palabra, no había logrado demostrar hasta la fecha gran habilidad para el bricolaje: el uso indiscriminado del loctite como solución sistémica a los desarreglos domésticos no decía mucho en su favor en este sentido. Pero mi madre finalmente aceptó, quizás por falta de otra alternativa.
No sé qué argumentos utilizó Antonio para convencer a mi madre, pero decidieron pintar cada estancia de un color; no de un mismo tono con ligeras gradaciones de intensidad, en camaïeu que diría un francés; tampoco en suaves y tenues colores pasteles; digamos que planificaron realmente cada estancia de un color, fuerte, poderoso y contrastado, como para que no hubiese confusión de dónde uno pudiera encontrarse. E incluso, en un estadio posterior de refinamiento y desarrollo de la idea inicial, llegaron a concebir que cada pared de cada estancia recibiese un color diferente. La inspiración pudo venir, digamos de Woodstock, de los años 60, los pantalones de campanas y los LSD… quizás justificado por el pasado hippy de Antonio, que significativamente llevaba todavía pelo largo y barbas por aquel entonces.
Empezó por los baños, poca cosa en color melva, quizás como experimento inicial y para ganar confianza. Fue pintando a continuación el pasillo, el cuartito de la ropa, el recibidor… Pintaba a su aire, sin tomar muchas precauciones ante zócalos, marcos de ventana, puertas o interruptores, que quedaban sepultados parcialmente bajo la pintura. El suelo sí lo protegía con un modesto plástico, pero inevitablemente hubo después que frotar con estropajo y disolvente algunas losas para sacarles aquellos goterones que eludieron la escueta protección. No tapó algunos agujeros que tenía la pared enyesada y que me habían costado toda una infancia perpetrar; tampoco le preocupó el gotelé: la pintura lo suavizó, limó sus asperezas y lo atemperó hasta el punto de que le perdimos el miedo a rozarnos con la pared en manga corta. Para Antonio todo eso eran minucias, pequeños detalles de tiquismiquis; lo suyo era el deslizar imperturbable del rodillo, indiferente e insensible en su avance ante pequeñas protuberancias sin importancia, como las ventanas o las puertas.
El salón lo pintó de verde pistacho. Retengo en mi memoria la estrategia que dijo utilizar para pintar el techo. Cito textual: “empezar por los bordes e ir atacando hacia el centro”. Lo que pasó es que se le acabó la pintura verde, y entonces, quedó un perfecto cuadrado blanco sin pintar justo en el centro del techo, del que colgaba una escuálida lámpara. Años más tarde, quizás por no escuchar nuestras injustificadas quejas, y en un alarde de ingenio, decidió trasladar una reciente afición que había adquirido de tapizar los sofás con una tela de cuadros, al mismísimo techo: le bastó una grapadora y una escalera para tapizar todo el techo con sobrantes de la tela a cuadros de los sofás, caída hacia el centro a modo de una jaima árabe. Llenó entonces la estancia de cojines con motivos arábigos acordes con el nuevo estilo, incensarios de madera, y muchas velas, a pesar del riesgo evidente de incendio. Nos reunió allí y dijo: “escuchad”. Aplaudió sonoramente y tuvimos que darle la razón, porque ahora el salón estaba más “insonorizado”, a pesar de que aquella no hubiese sido nunca su intención inicial.
Pero el momento culminante de su faceta como pintor se produjo en el dormitorio principal. Había planeado pintarlo en blanco y azul. La pared de la derecha, tal y como se entraba en el cuarto, la pintó de azul y la de la izquierda de blanco. El dilema no se hizo esperar: ¿qué pasaba entonces con la pared de enfrente? Aquello parecía un escoyo insalvable, puesto que decantarse por pintarla de azul o de blanco era romper la simetría conceptual, el equilibrio entre los opuestos; y un tercer color que arbitrase entre ambos, suponía dos nuevos problemas: decidir qué color era ese e ir a comprar más pintura. Entonces Antonio tuvo una idea brillante que resolvió el conflicto, y que supuso una innovación radical, un nuevo recurso hasta entonces inconcebible: decidió dividir la pared frontal en dos y pintar cada mitad del color correspondiente.
Trazó una línea vertical, esta vez sí, con ayuda de la cinta de carretero. No lo hizo sin embargo, dividiendo la pared en dos partes iguales. Para que comprendan el porqué, debo explicarles la fisionomía del cuarto. Era una estancia rectangular que contenía un baño, y estaba al final del pasillo. Al batir la puerta hacia la izquierda se veía frontalmente otra puerta, que daba a ese baño, y a la derecha un pasillo corto que desembocaba en el dormitorio. Al entrar por tanto, uno giraba inmediatamente hacia la derecha si no quería ir al baño; enfrente había una ventana y la cama quedaba parcialmente oculta a la izquierda por el recodo de aquel pasillo. Pues bien, Antonio trazó la línea vertical justo por la mitad del pasillo, puesto que el efecto de dividir la pared por el centro de la misma no se hubiera apreciado al entrar en el cuarto. Esto dejaba solo un trocito de pared a la derecha de azul oscuro, una franja 45 o 50 cm, y el resto en blanco. La línea vertical además estaba interrumpida por la ventana, pero esto no le pareció un problema. Convencido de la solución salomónica, ejecutó con increíble e inusitada precisión el encuentro de los dos colores según aquella línea vertical divisoria.
Pero de la complacencia postrera rápidamente pasó a la incertidumbre, al desasosiego que ahora le producía el no haber previsto qué hacer con el techo. La solución le sobrevino evidente de golpe. Aquella línea vertical que separaba dos colores en la misma pared, no tenía sentido que al llegar al techo se interrumpiese; debía también dividir el techo en dos, como si un ente abstracto matemático, que denominamos plano, hubiese seccionado y dividido la habitación en dos mundos diferentes; un muro invisible e inescrutable, indiferente a la ventana, separaría pues el azul de la derecha del blanco de la izquierda. Así se dispuso a ejecutar su plan, pero quizás, por falta de medios materiales, o por el cansancio debido al esmero que había puesto ya en la división de la pared frontal o tal vez por la precipitación del artista que ansía ver su obra acabada, no tomó algunas precauciones elementales, como colocar la cinta de carretero en el techo, confiando a su buen ojo, el trazado de la recta impasible.
Comenzó con confianza: la recta del techo nació en estricto paralelismo con la arista superior de la pared de la derecha. Pero a medida que fue avanzando, o mejor dicho retrocediendo, puesto que pintaba de adelante hacia atrás, la recta se fue torciendo ligeramente, como si la pared de la derecha ejerciese un efecto de atracción gravitatoria sobre la misma. La recta divisoria comenzó a ser parábola, y Antonio, percatándose de tal efecto, no opuso resistencia ni trató de remediarlo, sino que todo lo contrario, lo tomó como un descubrimiento: ¿por qué había él de ceñirse a ninguna constricción geométrica (la improvisación y el libre albedrío eran connaturales a su carácter), por qué no dejarse llevar por aquella manifestación espontánea de esa recta que quería ser curva, y también, por qué no decirlo, acabar antes? Así que potenció, ya sin disimulo, la curvatura de aquella franja azul del techo, que cada vez venía más pegada a la pared de la derecha, hasta que le dio encuentro en dulce tangente con la arista superior de aquella, casi justo encima del marco de la puerta de entrada.
Como no le quedaba más pintura, la pared trasera no la pintó, cosa que no importó en absoluto, porque aparte de que quedaba prácticamente oculta cuando la puerta estaba abierta, la curva del techo llamaba tan poderosamente la atención que nadie prestó jamás atención a ese minúsculo detalle. Así que nos reunió para enseñarnos su obra, e improvisó una explicación que quizás ya venía maquinando mientras pintaba, y que convirtió en la explicación definitiva a fuerza de mejorarla en matices cada vez que la repitió a aquellos que vinieron a ver la casa a partir de entonces. Mi abuelo, hombre de rigores antiguos, no dijo ni una palabra cuando Antonio le explicó delante mía, con su habitual desenvoltura y absoluto convencimiento de lo que decía, que había pintado “una ola que evocaba el océano” en el techo del dormitorio. La expresión de mi abuelo como si se hallase en otro planeta, lamentablemente no puedo plasmarla mediante el lenguaje escrito, pero quedó fijada para siempre en mi memoria. Espero sean capaces de figurársela.